27 de Julio de 2026

Día Internacional de la Mujer Afrodescendiente. Deuda, reconocimiento y ética

Katherine Brevis Arratia-compressed
  • En la actualidad, a ratos nos vemos bombardeados con “Días de…”. Pero hay fechas que no nacieron en una agencia de publicidad. El 25 de julio no se celebra; se conmemora. Nos invita a hacer memoria y traer al presente una deuda que aún no se ha saldado.

Tras el Encuentro de Mujeres Afrodescendientes de 1992, en Santo Domingo, nació el Día Internacional de la Mujer Afrodescendiente, Afrocaribeña y Afrolatina, con el propósito de dignificar su identidad y combatir el racismo sistémico, así como la doble o triple discriminación que enfrentan muchas mujeres por su género, origen y condición socioeconómica. Esta realidad, que la CEPAL Esta realidad, que la CEPAL define hoy bajo la crudeza de la “interseccionalidad”, nos recuerda que las brechas de género no pueden separarse de las de etnia y clase social, pues se potencian entre sí.

Esta conmemoración suele percibirse como una realidad ajena, propia del Caribe o de otras latitudes. Sin embargo, aún podemos oír el “aquí no hay negros”, discurso heredado de una idea de homogeneidad que marcó la historia de Chile durante siglos. Nada más alejado de la realidad. La población afrodescendiente ha habitado este territorio desde la Colonia, pero fue sistemáticamente borrada de los relatos oficiales y de los textos escolares.

Esta amnesia histórica genera un fenómeno complejo: es imposible autorreconocerse en una identidad que ha sido negada. Recién en los últimos años, a propósito de los debates en torno al Censo, el Estado chileno ha comenzado a abrir espacios para ese reconocimiento. Pero ¿cómo va a identificarse una persona como afrodescendiente? La falta de visibilización no es falta de presencia, sino de conocimiento. Aquí la educación debiese convertirse en una herramienta capaz de desmontar el racismo institucional y devolver a las nuevas generaciones el derecho a conocer su propia historia.

Y esta historia no ocurre en otro lugar del mundo; sino aquí, bajo nuestros pies. En pleno centro de Concepción, la Laguna de los Negros, hoy soterrada bajo los adoquines de la intersección de Cruz y Lincoyán; constituye un testimonio silencioso de nuestro pasado. Es el recordatorio de la sublevación de personas esclavizadas en el barco Tryal en 1805, cuya memoria fue ahogada y castigada en esas aguas. Cuando caminamos por ese sector, lo hacemos sobre una herencia afro penquista que la ciudad intentó ocultar, pero que sigue latente.

Este 25 de julio no invita a mirar hacia fuera. Es una oportunidad para mirarnos al espejo y reconocer que la herencia afrodescendiente no corresponde a un fenómeno migratorio reciente, sino una raíz de nuestra propia identidad local. Quizás, si nos atrevemos a descorrer el velo de la historia oficial, descubramos que esa memoria que hoy conmemoramos también corre por nuestras propias venas.

Desde el ámbito de la educación superior y de cara a nuestra identidad, este hito nos exige un autodiagnóstico valiente. La Iglesia Católica cuenta con un sólido magisterio que rechaza categóricamente el racismo. Sin embargo, el desafío sigue siendo acortar la distancia entre esa riqueza doctrinal y las prácticas reales de nuestras comunidades. No podemos ignorar los clamores de las periferias si aspiramos a caminar verdaderamente juntos. Como menciona el CELAM, recordando al Papa Francisco, “Una Iglesia sinodal será con y junto con los afrodescendientes [y los sectores marginados], o no lo será”.

Katherinne Brevis Arratia

Especialista de la Dirección de Género de la Universidad Católica de la Santísima Concepción (UCSC)

Verificado por MonsterInsights