Los disfraces de la violencia: abuso convertido en broma
Por Mag. Katia Riveros Zepeda; Educadora de Párvulos y Profesora de Educación Diferencial, Doctoranda en Educación y Eco transformación, Vicepresidenta de la Corporación Más Ciencias Más Sueños
- Hay cosas con las que simplemente no. Con las niñeces no.
Durante los últimos días ha circulado un video que provocó una comprensible indignación pública. No volveré sobre sus detalles. Ya han sido suficientemente difundidos. Lo que me interesa es otra pregunta, mucho más incómoda: ¿cómo llegamos a un punto en que alusiones a la violencia sexual contra niños y niñas y afirmaciones profundamente equivocadas sobre las personas autistas pueden pronunciarse con tal liviandad?
Lo verdaderamente inquietante no es únicamente que alguien haya sido capaz de decirlo; también lo es que encontrara una manada dispuesta a reír, validar y amplificar un discurso que banaliza la violencia contra las niñeces y caricaturiza a las personas autistas, sin advertir la enorme gravedad de aquello que pone en escena.
Allí es donde comienza mi preocupación. Las numerosas reacciones de rechazo dan cuenta de que la infancia y las personas autistas siguen despertando un compromiso ético en muchas personas y organizaciones. Sin embargo, el episodio deja al descubierto que todavía persisten formas de comprender ambas realidades desde la banalización y el prejuicio. Y es precisamente allí donde vale la pena detenerse.
Vale la pena detenerse porque este episodio no expone un único problema. Expone, al menos, dos. El primero tiene que ver con la banalización de la violencia hacia las niñeces. El segundo, con el profundo desconocimiento que todavía persiste respecto de las personas autistas. Ambos merecen ser abordados con la misma seriedad.
Por eso hoy adquiere tanta fuerza la invitación de Silvia López de Maturana a resacralizar la infancia. Lo cual significa volver a reconocer que niños y niñas poseen una dignidad que exige cuidado, protección y un compromiso ético permanente por parte de la sociedad. Significa recordar que existen límites éticos que ninguna comunidad debería relativizar cuando se trata de quienes dependen de los adultos para el resguardo de sus derechos.
La manera en que nombramos a otros nunca es irrelevante. El lenguaje expresa formas de comprender el mundo y también puede reforzar o cuestionar prejuicios profundamente arraigados. Por eso importa cómo hablamos de las niñeces y de las personas autistas. Las palabras no son inocuas. Tienen consecuencias. Pueden contribuir al reconocimiento de las personas o pueden instalar miradas que terminan justificando la indiferencia, el desconocimiento y el prejuicio o la banalización de aquello que jamás debería perder su gravedad.
La segunda dimensión de este episodio tiene que ver con el profundo desconocimiento que todavía persiste respecto de las personas autistas.
Durante años el autismo ha sido reducido a caricaturas, estereotipos y simplificaciones que poco tienen que ver con la realidad. Todavía escuchamos expresiones que hablan de “los TEA”, como si una categoría diagnóstica pudiera definir una identidad. Se confunden las necesidades de apoyo con la persona y se olvida que estas pueden variar a lo largo de la vida. Fueron concebidas para orientar los apoyos que alguien puede requerir en determinados momentos, no para clasificar seres humanos.
Las personas autistas no son un diagnóstico. Son personas. Sujetos de derechos, con historias, afectos, intereses y formas singulares de comprender el mundo.
El autismo es una condición del neurodesarrollo, no una enfermedad ni una identidad homogénea. No existen dos personas autistas iguales. Cada una presenta formas singulares de comunicarse, relacionarse, aprender y participar en la vida social. Reducir esa diversidad a un estereotipo no solo distorsiona la comprensión del autismo; también alimenta prejuicios que terminan traduciéndose en exclusión, discriminación y barreras para la participación.
Miguel López Melero ha insistido durante décadas en que las barreras no residen en las personas, sino en los contextos que no saben responder a la diversidad humana. La inclusión no consiste en cambiar a las personas, sino en transformar los contextos para que todas puedan participar y aprender. Cada vez que repetimos caricaturas sobre el autismo fortalecemos esas barreras. Cada vez que hablamos desde el desconocimiento, hacemos un poco más difícil la construcción de comunidades verdaderamente inclusivas.
Hay una cuestión adicional que no podemos perder de vista. Las violencias no afectan a todas las personas del mismo modo. Cuando la infancia se cruza con una situación de discapacidad, con la pobreza, con las desigualdades de género o con otras condiciones históricas de exclusión, las posibilidades de vulneración pueden multiplicarse. Comprender estas intersecciones no busca establecer jerarquías del sufrimiento, sino reconocer que los derechos exigen una protección aún más decidida allí donde las desigualdades se entrecruzan.
Podría parecer que la banalización de la violencia contra las niñeces y la caricaturización del autismo son asuntos diferentes. No lo creo. Ambos revelan una misma incapacidad: reconocer al otro en su humanidad. En un caso se trivializa aquello que hiere profundamente a la infancia; en el otro, se reduce a una persona a una etiqueta que termina ocultando su singularidad.
La violencia no siempre se presenta de manera evidente. A veces cambia de rostro. Se disfraza de irreverencia, de ocurrencia, de desconocimiento o de entretenimiento. Pero ningún disfraz modifica el daño que produce cuando termina banalizando los derechos, la humanidad o la dignidad de otros.
Los disfraces cambian con el tiempo. Las violencias encuentran nuevas formas de expresarse, pero siguen afectando con especial fuerza a quienes históricamente han visto más vulnerados sus derechos.
Y una sociedad que deja de reconocer esos disfraces corre el riesgo de dejar de reconocer también a quienes tiene el deber de proteger.
Porque hay cosas con las que simplemente no.
Con las niñeces, no.


