30 de Junio de 2026

Cinco prácticas ancestrales para evitar el desperdicio de comida y aprovechar mejor los alimentos

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  • Para muchas comunidades indígenas, desperdiciar víveres significaba desaprovechar mucho más que un alimento: implicaba perder recursos escasos, esfuerzo humano y parte del equilibrio con el entorno. En un contexto de crisis climática y agotamiento de recursos naturales, recuperar una cultura de valoración de las provisiones se convierte en una necesidad para el futuro.

Junio, 2026. Considerando que cada año se desperdician más de mil millones de toneladas de comida, resulta paradójico constatar que muchas comunidades indígenas desarrollaron prácticas de conservación, almacenamiento y aprovechamiento de víveres que, entre otros efectos, permitían reducir pérdidas y optimizar recursos disponibles. En Chile encontramos diversos ejemplos: los pehuenches recolectaban y almacenaban piñones para asegurar su disponibilidad durante gran parte del año; mientras que los pueblos andinos perfeccionaron técnicas de conservación como el chuño, una papa deshidratada capaz de preservarse durante largos períodos. También fueron comunes prácticas como el secado, la fermentación y el aprovechamiento integral de animales y vegetales.

“Para muchas comunidades indígenas, los alimentos no eran simplemente un producto de consumo, sino el resultado de una interacción compleja entre la tierra, el agua, las estaciones, el trabajo colectivo y el conocimiento acumulado por generaciones. Desde esa perspectiva, desperdiciar comida significaba desaprovechar mucho más que un alimento: implicaba perder recursos escasos, esfuerzo humano y parte del equilibrio con el entorno”, explica Catalina Tejeda, gerente de Marketing de Cheaf.

A medida que los sistemas alimentarios se industrializaron, muchas personas comenzaron a distanciarse de los procesos necesarios para producir, recolectar y conservar las provisiones. “La aparente abundancia ha hecho que muchas veces damos por sentado su acceso. Sin embargo, en un contexto de crisis climática y agotamiento de recursos naturales, recuperar una cultura de valoración de los víveres deja de ser una mirada al pasado y se convierte en una necesidad para el futuro”, advierte Tejeda.

Cinco conocimientos ancestrales que pueden ayudarnos a tener una mejor relación con nuestros alimentos

  1. Consumir respetando las estaciones. Durante siglos, muchos pueblos originarios adaptaron su alimentación a los ciclos naturales de cada territorio. Consumir comida de temporada permitía aprovechar mejor los recursos disponibles y reducir pérdidas. Hoy podemos aplicar esta lógica privilegiando frutas y verduras de estación, que suelen ser más frescas, económicas y duraderas.
  2. Valorar cada alimento como un recurso escaso. En diversas culturas indígenas, las provisiones eran consideradas un bien valioso que requería esfuerzo, conocimiento y respeto para ser obtenido. Antes de desechar comida por razones estéticas o porque se acercan a su fecha de vencimiento, vale la pena preguntarnos si aún pueden consumirse o transformarse en otra preparación.
  3. Recuperar las prácticas de conservación.Mucho antes de la refrigeración moderna, las comunidades desarrollaron métodos para prolongar la vida útil de los víveres mediante secado, fermentación, ahumado o almacenamiento adecuado. Congelar porciones, deshidratar frutas, preparar conservas o reutilizar excedentes son formas contemporáneas de aplicar ese mismo principio.
  4. Aprovechar integralmente los ingredientes.La lógica de “usar todo” ha estado presente en numerosas tradiciones alimentarias indígenas. Hojas, tallos, semillas o distintas partes de animales y vegetales tenían usos culinarios, medicinales o productivos. Hoy podemos reducir considerablemente nuestros desechos utilizando partes de los alimentos que habitualmente descartamos, como hojas de verduras, cáscaras o residuos aptos para nuevas preparaciones.
  5. Compartir antes que desechar.La alimentación ha sido históricamente una práctica comunitaria, donde compartir excedentes ayudaba a fortalecer vínculos y evitar pérdidas. Actualmente podemos replicar esa lógica donando provisiones, compartiendo preparaciones con vecinos o familiares, o simplemente planificando mejor nuestras compras para evitar excedentes innecesarios.

Frente a desafíos como el desperdicio alimentario, la escasez hídrica y la crisis climática, estas enseñanzas nos recuerdan que cuidar la comida es también cuidar el agua, la tierra y los recursos que los hacen posibles. “Más que una mirada al pasado, pueden ser una guía para construir una relación más sostenible con nuestra alimentación en el futuro. Porque cuidar los alimentos es también cuidar el agua, la tierra y los recursos que los hacen posibles, una acción concreta para reducir nuestro impacto ambiental y fortalecer nuestra capacidad de adaptación frente a la crisis climática”, concluye Tejeda.

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